Del machismo al neomachismo: una fractura generacional

He leído con interés e inquietud el cuaderno del ICPS Chicos, chicas y un abismo. Opiniones sobre la igualdad y el feminismo (Freixanet, Pous y Berna, 2025). El título ya es toda una declaración: hay un abismo, y es entre chicas y chicos. Pero no es un abismo cualquiera, es el que atraviesa los cimientos de la convivencia futura y de las relaciones humanas más básicas. Lo más impactante no es que exista, sino que ya se manifiesta con fuerza en adolescentes de apenas 14 y 15 años.

El texto muestra con datos cualitativos aquello que muchas intuimos desde hace tiempo: las chicas crecen en un entorno de presión sexual, miedo a la violencia y exigencias estéticas que limitan su libertad. Ellos, en cambio, expresan a menudo un malestar con el feminismo, que perciben como un discurso que les acusa y les priva de legitimidad. Esta fractura, lejos de ser anecdótica, dibuja dos mundos paralelos. Las chicas parten de sus experiencias vividas —acoso, control, inseguridad— para argumentar. Los chicos, en cambio, tienden a recurrir a un repertorio discursivo importado de las redes y de los medios, con acusaciones de “feminismo exagerado”, “cuotas injustas” y “denuncias falsas”.

Es evidente que nos encontramos ante la consolidación del neomachismo: una forma adaptada de machismo que no se reconoce como tal, pero que construye un relato victimista masculino. No se trata de decir “las mujeres son inferiores” (como haría el machismo clásico), sino de presentar al feminismo como una amenaza. Esta operación discursiva es mucho más sofisticada y, por ello mismo, más peligrosa: permite a los chicos decir que creen en la igualdad, pero al mismo tiempo oponerse a todas las políticas que buscan hacerla real.

Las chicas, sin embargo, tampoco se identifican fácilmente con la palabra feminismo. La asocian con radicalidad, con odio a los hombres, con una etiqueta que “pone a los chicos en contra”. Aquí hay otra señal de alarma: si la palabra que ha articulado las luchas más transformadoras del siglo XX y XXI se percibe ahora como una molestia, quiere decir que la ofensiva reaccionaria está haciendo efecto.

Como antropóloga, no puedo dejar de pensar en la importancia del relato: las identidades y los valores no se construyen en el vacío, sino en diálogo constante con los discursos sociales dominantes. Y los chicos adolescentes están recibiendo un relato muy potente, lleno de simplificaciones, memes y eslóganes que circulan en las redes sociales y que conectan con sus inseguridades. Cuando dicen que “ahora los hombres son los discriminados” o que “ya hay igualdad y el feminismo es un exceso”, no hablan desde la experiencia directa, sino desde un imaginario colectivo que les ofrece un papel: el de víctimas de un supuesto “abuso feminista”.

Las chicas, en cambio, hablan desde el cuerpo. Desde el recuerdo de una mirada invasiva, de un seguimiento por la calle, de un comentario humillante o de un intento de agresión. Aquí es donde se evidencia el abismo: para ellas, la violencia sexual es un riesgo cotidiano que estructura su vida. Para ellos, es una exageración mediática o, peor aún, una amenaza de ser falsamente acusados. Este desajuste no es menor: si el problema central de una mitad es percibido como una exageración por la otra, tenemos un conflicto generacional que amenaza con cronificarse.

También hay un aspecto que me preocupa profundamente: la desconexión de la juventud con las políticas públicas de igualdad. Tanto chicas como chicos las perciben como lejanas, ineficaces o injustas. Las cuotas, por ejemplo, se viven como privilegio y no como corrección de una discriminación histórica. Esta visión pone en cuestión décadas de acción institucional y nos obliga a repensar cómo comunicamos e implementamos estas políticas. Si la generación que ha de vivir en la sociedad del futuro las ve con recelo, quizá el problema no es solo el discurso neomachista, sino también nuestra incapacidad de hacer que estas medidas sean entendidas, compartidas y apropiadas.

La investigación, sin embargo, no es solo un diagnóstico pesimista. También muestra que cuando chicas y chicos se encuentran en espacios mixtos donde hay confianza, donde pueden escucharse y ponerse en el lugar de la otra persona, aparecen discursos más matizados e incluso más feministas. Esto me hace pensar en la importancia de generar espacios seguros y dialógicos en las escuelas, en las familias y en los entornos comunitarios. Si dejamos la socialización en manos de las redes y de los algoritmos, el abismo no hará más que crecer.

Por eso, como feminista y como presidenta de Sorotopia, creo que tenemos una responsabilidad colectiva: repolitizar la igualdad como proyecto compartido. No se trata de convencer a los chicos con más datos, sino de hacerles partícipes de una experiencia de relación diferente, basada en el respeto, el consentimiento y la corresponsabilidad. Y no se trata solo de proteger a las chicas de la violencia, sino de transformar los imaginarios que permiten que esta violencia persista.

El cuaderno nos pone ante un espejo incómodo, pero necesario. El abismo está ahí, y negarlo solo lo ampliará. Reconocerlo es el primer paso para empezar a construir puentes.


Referencia bibliográfica

  • Freixanet, M., Pous, J., & Berna, J. (2025). Chicos, chicas y un abismo. Opiniones sobre la igualdad y el feminismo. Quaderns ICPS, Institut de Ciències Polítiques i Socials, Universitat Autònoma de Barcelona.

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